QUIQUE MACIA. El 12 de mayo de 2010 a España se le fue para siempre uno de los grandes. Antonio Ozores dejó huérfano al humor patrio pero aquel mismo día nació un potente legado del que, como en el caso de Miguel Gila, siguen bebiendo las generaciones posteriores de humoristas.
Al vallisoletano Quique Macías aquella muerte le pilló trabajando, delante de un ordenador que siempre tiene abiertas dos ventanas de texto. En ambas escupe la misma idea pero la moldea de diferentes maneras. Reserva la mitad de la pantalla para la comedia y en el otro 50 por ciento restante Quique se transforma en Enrique para transmutar en verso todo aquello que le ronda la cabeza. De aquella sensación de orfandad nació ‘Un poema para Antonio Ozores en el día de su muerte’ en el que 17 trabajados versos retratan la sensación de indignación y desamparo que le dejó el óbito.
‘Cómo mueren los cómicos//dando bocanadas en las ambulancias//como arenques en la lonja.//No hay para ellos ni portadas, ni tiros//de caballos, ni desfiles en las plazas,//ni lirios, ni salvas, ni medallas//y sin embargo son héroes […] Tú que has muerto como un perro;//cuando pasen los años// y en tu tumba destiñan los colores//de las flores de plástico,// recuerda lo que fuiste.// Antonio era tu nombre’.
Poemas como éste conforman ‘La nostalgia del guepardo’, el debut literario que, precisa Quique, supone “la parte seria de todo este tinglado" que tiene montado. Y ese tinglado tuvo su origen en Salamanca a donde llegó a principios de siglo para cursar Psicología. En lugar de centrarse en el estudio de la conducta comenzó, sin embargo, a leer y escribir casi compulsivamente “porque lo que se dice estudiar", no estudió mucho, dice. Al mismo tiempo era un habitual de los certámenes de monólogos en los que inició su carrera y, junto a su amigo y hoy socio, Miguel Lago, devoraba libros sobre teoría de la comedia que le han permitido generar un método propio de enseñanza que en apenas seis meses verá la luz en forma de manual teórico y del que nació la Escuela Oficial de Comedia, una de las pioneras del género, de la que es codirector.
Poesía como motor
La poesía llegó a la vida de Quique mucho antes de la comedia y se convirtió, poco a poco, en el motor que le fue abriendo la puerta a nuevas proyectos hasta convertirlos en una forma de vida. Poesía y comedia, explica, comparte una misma línea de trabajo. En ambos registros se trabaja en líneas de ahí que la lírica, reconoce Quique, le ha ayudado “mucho” a ser el cómico en el que se ha convertido. “No es un trabajo narrativo al uso”, precisa. “El ejercicio técnico que se exige para escribir humor ya lo dominaba por haber ido trabajando verso a verso por lo que me resultó bastante fácil”, matiza. Y ese talento natural para la frase corta y el efectismo aplicable a poesía y comedia empezó a dar sus frutos.
Tras obtener como premio en un certamen de humor un curso formativo, en 72 horas logró crear una historia que le dio el triunfo en otro prestigioso concurso. Su innata capacidad para hilvanar historias y métrica le ayudó a desbrozar el camino hacia el éxito en el que lleva instalado más de un lustro pese a que hace poco que superó la frontera de los 30. Es el suyo un triunfo callado, tranquilo y en ocasiones solitario, como el guepardo que protagoniza el poemario que llevaba más de ocho años esperando su momento en un cajón, paciente, al igual que el felino que le da nombre.
No es Quique Macías un poeta afectado, tampoco el cómico que toda madre quisiera tener por hijo. Se mueve con comodidad entre exabruptos, zafiedades y verdades como puños vomitadas sin edulcorar. Cada vez, reconoce, es “más salvaje” sobre el escenario porque, con el tiempo, va dominando más la técnica y, paradójicamente, eso le permite expresarse “con más libertad”. Hace tiempo que este vallisoletano dejó de actuar con la única intención de que la gente se ría. Eso, dice sin que suene vanidoso, lo da por hecho. “Ahora necesito decir cosas y quedarme tranquilo para que me resulte agradable”.
De payaso a bufón
En todo este tiempo, este joven artista y escritor ha pasado “de payaso a bufón”. El payaso, aclara, “hace chistes para agradar y el bufón para molestar”. Su público ‘compra’ mucho más esa vertiente gamberra “porque saben que es de verdad”. “La gente cada vez se ríe menos conmigo pero se ríe mas fuerte y, curiosamente, vienen a verme cada vez más porque lo hacen para verme a mi, no a un tío que hace chistes”, apostilla resaltando que cuando se pone el traje de humorista apenas hay rastro del poeta sobre las tablas.
No actúa para promocionarse, de modo que muy pocos de los que pagan la entrada para verle conocen que tras esos soliloquios cargados de agridulce comedia reposan poemas que, en ocasiones, suponen hasta tres meses de trabajo, construcciones literarias sencillas a veces en apariencia pero con una finísima arquitectura métrica plagada de acertadas metáforas y una llamativa introspección para alguien que semana tras semana se expone públicamente al juicio ajeno. Así sucede en ‘Si tú me dices te quiero, yo te susurro Chernobil’, en ‘Ikea’ y en el resto de los que conforman ‘La nostalgia del guepardo’ donde a lo largo de 68 páginas se habla de la noche, la soledad, el desencanto y la vida cotidiana. Poesía urbana realizada por quien ha hecho un oficio de su afición por escrutar el mundo que le rodea.
Al margen de ver su nombre en la portada de un poemario y cumplir así un sueño, una de las mayores satisfacciones que los versos le han reportado tiene que ver con el acercamiento que algunos compañeros de profesión han experimentado hacia la poesía gracias a su incursión. “La gente no está acostumbrada a leerla porque en la escuela enseñan autores y nombres, pero nada más”, reflexiona orgulloso al tiempo que agradece los comentarios de quienes califican de “digno” este primer acercamiento poético. Tampoco se olvida de Fernando Díaz San Miguel, el poeta salmantino que le dio el impulso definitivo a la idea y le puso en contacto con la editorial Amarú, que se ha hecho cargo de la edición de los primeros 1.000 ejemplares de ‘La nostalgia del guepardo’.
Muy pronto el libro será presentado en la Salamanca donde empezó a forjarse. No será la única presentación, pero tras esos breves fogonazos de notoriedad Macias volverá a sentarse frente a su pantalla tratando de aprovechar ese lado cómico que un poeta al uso desecharía, confiando en el salvavidas mental con el que los poemas le rescatan cuando se satura de escribir chistes. “La poesía me centra pero cuando me desborda, vuelve a recurrir a la comedia para soltarme y, de nuevo, todo vuelve a fluir”. Un método único y, a tenor de los resultados, muy valioso frente a la muerte del gag cómico a mano de redes sociales como Twitter “donde todos los chistes ya están hechos”. Lo importante, asegura Quique Macias convencido, es “tener una opinión y un punto de vista propios; es lo difícil y yo lo hago con la comedia y la poesía que me permite recrear mi mundo interior aunque ambas voces surgen del mismo sitio”.